No es ningún misterio que vivimos en un mundo profundamente polarizado. Este fenómeno no es exclusivo de Chile; por el contrario, se trata de una expresión global que se alimenta de la odiosidad permanente que prolifera en redes sociales y en la era de la inteligencia artificial, este problema se vuelve aún más complejo, pues cada vez es más difícil contener la desinformación.
Sin embargo, el problema se vuelve particularmente grave cuando estas prácticas son normalizadas por quienes, en teoría, deberían contribuir a un debate público informado. En ese contexto, quiero detenerme en la reciente publicación del senador Javier Macaya, quien compartió en redes sociales una imagen generada con inteligencia artificial para reforzar un punto político.
Aclaro desde ya que mi intención no es debatir el contenido político de su mensaje. Lo que me interesa cuestionar es el uso de la inteligencia artificial como herramienta dentro de esa comunicación.
¿Qué busca un senador al difundir una imagen creada con IA sin explicitarlo claramente? Difícil pensar que se trate de un intento de informar con rigor sobre una política pública. Más bien, parece una estrategia destinada a influir emocionalmente en la opinión pública respecto de un tema especialmente sensible para Chile, como lo es la migración irregular.
No es un caso aislado. Durante la reciente campaña presidencial, el candidato Marco Enríquez-Ominami también utilizó inteligencia artificial en su franja electoral, mostrándose rodeado de supuestos adherentes que en realidad no existían. Una escena que, más que innovadora, resultaba tristísima.
La pregunta entonces es inevitable: ¿dónde está el límite entre el uso creativo de la inteligencia artificial y la manipulación deliberada? En mi opinión, ese límite se cruza cuando el uso de estas herramientas no se transparenta. Cuando no se informa explícitamente que una imagen, un video o un audio han sido generados artificialmente, lo que ocurre no es innovación comunicacional, sino una forma de engaño.
La inteligencia artificial abre posibilidades enormes para la creatividad, la educación y el conocimiento. Pero cuando se utiliza para distorsionar la realidad o influir en el debate público mediante representaciones falsas, deja de ser tecnología y pasa a convertirse en propaganda.
Quizás ese sea el deporte favorito de nuestra política contemporánea: la politiquer-IA.